Dr. Martín Lutero
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Sería justo y apropiado que este libro se publicase sin prefacio v nombre ajeno alguno y sólo llevase su propio nombre y que hablase por sí mismo. Mas ya que, por interpretaciones y prefacios fantásticos, se ha confundido la mente de los cristianos de tal modo que casi ya no se sabe lo que significa evangelio o ley, Nuevo o Antiguo Testamento, se hace necesario poner una indicación o prefacio para librar al hombre sencillo de su anterior error, conducirlo al camino recto v enseñarle qué puede esperar de este libro, a fin de que no busque mandamientos y leyes donde debe buscar el evangelio y promesa de Dios.
Por lo tanto, es preciso saber primeramente que debemos abandonar el error de que hay cuatro evangelios y sólo cuatro evangelistas. Tenemos que rechazar la idea de algunos que dividen los libros del Nuevo Testamento en “legales, historiales, profetales y sapienciales”. Creen con ello —no sé cómo— comparar el Nuevo Testamento con el Antiguo.
Por el contrario, debemos sostener enfáticamente que, así como el Antiguo Testamento es un libro en el cual están escritas las leyes y mandamientos de Dios y además la historia de los que han observado las leyes y los que no las han observado, así el Nuevo Testamento es un libro en que están escritos el evangelio y las promesas de Dios, además de la historia de los que los creen y los que no las creen. Por lo tanto, debemos tener la seguridad de que hay un solo evangelio, como también un solo libro del Nuevo Testamento y una sola fe y solamente un Dios que hace la promesa.
Evangelio es palabra griega, y significa buena nueva, buena noticia, buen informe, buen relato, del cual se canta y se habla con alegría. Por ejemplo, cuando David venció al gigante Goliat, se difundió entre el pueblo judío la buena noticia y el relato consolador de que su terrible enemigo había sido abatido y que ellos habían sido redimidos, quedando en alegría y paz, por lo cual cantaron, bailaron y estuvieron alegres. Este evangelio de Dios y Nuevo Testamento es una buena nueva y noticia, difundida por los apóstoles en todo el mundo, acerca de un verdadero David que luchó contra el pecado, la muerte y el diablo y los venció, por lo cual todos los que estaban cautivos de los pecados, torturados por la muerte y subyugados por el diablo fueron redimidos por él, sin méritos propios, justificados, vivificados y salvados, y con ello puestos en una relación de paz y reconciliación con Dios. Por tanto, cantan, dan gracias a Dios, lo alaban y se regocijan eternamente, si es que lo creen firmemente y permanecen constantes en la fe.
Este relato y nueva consoladora, o noticia evangélica y divina, se llama también Nuevo Testamento, por la siguiente razón: Como ocurre con un testamento en el que un hombre moribundo lega sus bienes para ser repartidos después de su muerte a los herederos por él nombrados, así también Cristo, antes de su muerte, mandó y ordenó que este evangelio fuera proclamado después de su muerte en todo el mundo, concediendo a todos los que creen la posesión de todos sus bienes. Esto incluye su vida, con la que superó la muerte; su justicia, con la que anuló el pecado; y su salvación, por la cual venció la condenación eterna. Ahora el pobre hombre cautivo del pecado, de la muerte y del infierno, no puede oír nada más consolador que este mensaje precioso y consolador de Cristo, y se gozará y se alegrará en lo más profundo de su corazón, si cree que es verdad.
Así pues, para fortalecer esta fe Dios ha prometido de muchas maneras este su evangelio y testamento en el Antiguo Testamento por medio de sus profetas, como dice Pablo en Romanos 1 3: “He sido apartado para predicar el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, que le nació de la simiente“, etc. Para citar algunos pasajes: Lo prometió por primera vez cuando dice a la serpiente en Génesis 3: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar“. Cristo es la simiente de esta mujer quien pisoteó al diablo la cabeza, es decir, el pecado, muerte e infierno y todo su poder. Pues sin esta simiente nadie puede escapar del pecado, de la muerte y del infierno.
Asimismo, en Génesis 22, Dios prometió a Abraham: “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra“. Cristo es la simiente de Abraham, como dice San Pablo en Gálatas 3. Éste ha bendecido a todo el mundo por el evangelio. Pues donde no está Cristo, ahí está aún la maldición que recayó sobre Adán y sus hijos cuando aquél pecó, a saber, que todos han de ser culpables y sometidos al pecado, la muerte y e] infierno. Frente a esa maldición, el evangelio bendice ahora a todo el mundo proclamando públicamente: Quien cree en este descendiente de Abraham, será bendito, es decir, librado del pecado, muerte e infierno, y quedará justificado, vivo y salvo para siempre, como dice Cristo mismo en Juan 11: “Todo aquel que cree en mí, no morirá eternamente“.
Asimismo lo prometió a David en 2ª Samuel 17: “Levantaré después de ti a uno de tu linaje; éste me edificará una casa, y afirmaré su reino por siempre. Yo le seré a él por padre, y él me será por hijo“, etc. Este es el reino de Cristo, del cual habla el evangelio, un reino eterno, un reino de vida, de bienaventuranza y de justicia, donde llegan desde la cautividad del pecado y de la muerte todos los que creen. Hay muchas otras promesas del evangelio también en los demás profetas, por ejemplo en Miqueas 5: “Pero tú, Belén, eres pequeña entre las millares de Judá; de ti me saldrá aquel que será un conductor de mi pueblo de Israel“. Además, Oseas 13: “De la mano de la muerte los redimiré, los libraré de la muerte“.
Vemos, pues, que no hay más que un solo evangelio, como hay solamente un Cristo, ya que el evangelio no puede ser otra cosa que una predicación de Cristo, Hijo de Dios y de David, verdadero Dios y verdadero hombre quien, con su muerte y resurrección, venció por nosotros el pecado, la muerte y la condenación eterna de todos los hombres que creen en él. Así pues, el evangelio puede ser un mensaje breve o extenso. Uno puede describirlo en forma más concisa, otro en forma extensa. Lo describe con amplitud el que relata muchas obras y palabras de Cristo, como lo hacen los cuatro evangelistas. Lo describe con brevedad el que no narra las obras de Cristo, sino que indica brevemente cómo por su muerte y resurrección venció el pecado, la muerte y el infierno para aquellos que creen en él. Así lo hacen Pedro y Pablo.
Por lo tanto, procura no hacer de Cristo un Moisés, ni del evangelio un compendio de leyes y doctrinas, como se ha hecho hasta ahora, y como lo dan a entender también ciertos prefacios, incluso el de San Jerónimo. Pues el evangelio realmente no exige nuestras propias obras para que por ellas lleguemos a ser justos y salvos; por el contrario, condena tales obras exigiendo sólo la fe en Cristo, es decir que él venció por nosotros el pecado, la muerte y el infierno, y por lo tanto nos da justicia, vida y salvación, no por nuestras obras, sino por sus propias obras, muerte y sufrimiento, a fin de que aceptemos su muerte y victoria como si nosotros mismos hubiésemos muerto y vencido.
Es cierto que, en el evangelio, Cristo, y además Pedro y Pablo, dan muchos mandamientos y enseñanzas e interpretan la ley. Pero esto debemos colocarlo en el mismo nivel que las demás obras y beneficios de Cristo. Conocer sus obras y su historia no significa todavía conocer el verdadero evangelio, pues con ello todavía no sabes que él ha vencido el pecado, la muerte y al diablo. Así, aún no tienes conocimiento del evangelio cuando conoces esas doctrinas y mandamientos, sino cuando viene la voz que dice: Cristo es tuvo con su vida, enseñanzas, obras, muerte y resurrección, y con todo lo que es, tiene, hace y puede.
Vemos también que él no compele, sino que invita amistosamente diciendo: “Bienaventurados los pobres“, etc. Y los apóstoles emplean las palabras “exhorto“, “suplico“, “ruego“, de modo que se ve en todas partes que el evangelio no es un código, sino que es una prédica de los beneficios de Cristo, ofrecidos y concedidos a nosotros en propiedad, si creemos. Moisés, en cambio, en sus libros compele, apremia, amenaza, golpea y reprende terriblemente, porque es un hombre que promulga e impone leyes.
De ahí que al creyente no se le ha dado ninguna ley por la cual pueda hacerse justo ante Dios, como dice san Pablo en 1ª Timoteo 1, ya que se justifica, vivifica y salva por la fe. No tiene necesidad de otra cosa que demostrar esa fe.
En efecto, cuando hay fe, no se puede contener, se manifiesta, confiesa y enseña ese evangelio ante la gente, aun a riesgo de su vida. Toda su vida y acción está encaminada al beneficio de su prójimo, para ayudarle: no sólo a alcanzar también esa gracia, sino también en cuerpo y bienes y honra, como ve que Cristo procedió con él, imitando así su ejemplo. Esto es también lo que enseña Cristo cuando, a la postre, no dio otro mandamiento que el amor, por el cual se reconocería a quienes son sus discípulos y verdaderos creyentes. Pues cuando no se hacen manifiestas las obras y el amor, la fe no es genuina, el evangelio no se ha arraigado, y aún no se conoce a Cristo en su verdadero alcance. Así es como debes aproximarte a los libros del Nuevo Testamento, para que sepas leerlos de esta manera.
Cuáles son los libros verdaderos y más nobles del Nuevo Testamento De lo dicho puedes formarte un juicio claro de todos los libros y distinguir cuáles son los mejores. El Evangelio de Juan y las Epístolas de San Pablo, especialmente la que escribió a los romanos, y la Primera Epístola de San Pedro son la verdadera sustancia y médula de todos los libros. Con justa razón debieran ser los primeros; y sería recomendable que todo cristiano los lea en primer lugar y con mayor frecuencia, y que por la lectura diaria los haga tan suyos como el pan cotidiano. En éstos no se describen muchas obras y milagros de Cristo, pero se destaca magistralmente cómo la fe en Cristo vence el pecado, la muerte y el infierno, y otorga vida, justicia y bienaventuranza. Esta es la verdadera índole del evangelio, como has oído.
Pues si alguna vez tuviera que prescindir de una de las dos, de las obras o de la predicación de Cristo, preferiría carecer de las obras y no de la predicación. Las obras no me ayudarían para nada, pero las palabras dan vida, como él mismo dice. Por cuanto Juan escribe muy poco de las obras de Cristo y muchísimo de su predicación, mientras que los otros tres evangelistas escriben mucho de sus obras y poco de sus palabras, es el evangelio de Juan, en particular, el evangelio sublime, verdadero y principal, que se debe preferir mucho más y anteponer a los otros tres. También las epístolas de San Pablo y de San Pedro superan en mucho a los tres evangelios de Mateo, Marcos y Lucas.
En resumen, el Evangelio de San Juan y su Primera Epístola, las epístolas de San Pablo, principalmente las que escribió a los romanos, a los gálatas y a los efesios, y la primera de San Pedro, son los libros que te muestran a Cristo y te enseñan todo lo que te es necesario y saludable saber, aun cuando no veas u oigas ningún otro libro ni doctrina alguna. Por esa razón, la epístola de Santiago es en comparación con ellas, una epístola sosa, porque no tiene nada de índole evangélica. Pero de esto hablaré en otros prefacios.
























